Hay proyectos que se programan con meses de antelación y otros que aparecen porque ocurre algo y uno piensa que puede hacer algo útil.
El Campus Solidario nació después de la DANA que afectó a Valencia. La idea era sencilla: recibir durante unos días de Navidad a jóvenes atletas afectados, ofrecerles un lugar para entrenar y, sobre todo, permitirles cambiar de escenario durante un tiempo.
La pista de Adarraga era una parte importante del proyecto, pero no era suficiente.
Hacían falta familias dispuestas a alojar, personas que organizasen actividades, entrenamientos, desplazamientos y momentos de convivencia. Durante aquellos días hubo atletismo, pero también salidas, actividades culturales, comidas y muchas horas compartidas.
Eso cambió bastante el sentido de la iniciativa.
Podíamos haber organizado unas jornadas de entrenamiento. Habría estado bien. Pero un club tiene una red de relaciones que va más allá de entrenadores y atletas. Hay familias, instalaciones, voluntarios, amigos y personas capaces de movilizarse cuando existe una razón.
El atletismo fue el punto de conexión entre jóvenes que venían de Valencia y familias de La Rioja que, en muchos casos, no se conocían unos días antes.
No conviene exagerar estas cosas. Un campus no arregla lo que una catástrofe ha provocado. Tampoco pretendíamos hacerlo.
Pero durante unos días sí podíamos ofrecer normalidad, entrenamiento, conversación, una casa y una pista. Y podíamos hacerlo utilizando algo que ya teníamos: un club.
Quizá una de las cosas que hemos aprendido con Athletics4Life es precisamente esa. El valor de una organización deportiva no se mide únicamente por las medallas, las clasificaciones o el número de atletas.
También se descubre cuando aparece una situación que no estaba en el calendario.
Entonces uno mira alrededor y comprueba si el club es únicamente una estructura para entrenar y competir o si, además, existe una comunidad capaz de ponerse en marcha.
Aquella Navidad, tocaba ponerse en marcha.

