Cuando un evento quiere ser diferente aparece una tentación: añadir cosas.

Música. Gastronomía. Actividades. Tecnología. Animación. Arte. Pantallas. Experiencias. Todo puede sumar. Y todo puede acabar molestando.

En el Memorial hemos aprendido una regla bastante sencilla: primero, el atletismo.

Parece obvio, pero no siempre lo es.

Una carrera necesita su tiempo. Un atleta que entra en competición necesita concentrarse. Un concurso tiene un ritmo que no debería romperse porque en otro lugar esté ocurriendo algo que nos parece atractivo. El juez, el locutor, la música y la organización tienen que saber quién manda en cada momento.

Manda la competición.

Eso no significa organizar un meeting convencional y colocar unas actividades al lado. Precisamente queremos explorar otra manera de vivirlo. Pero las experiencias funcionan cuando ayudan a mirar la pista, no cuando compiten con ella.

La música puede construir tensión antes de una prueba o acompañar determinados momentos. El arte puede relacionar el evento con otros públicos. La gastronomía puede conseguir que la gente permanezca y comparta. Una zona de convivencia puede hacer que atletas, familias, voluntarios y espectadores se mezclen.

Todo eso tiene valor.

Pero si un espectador recuerda la fideuá y no recuerda que vio atletismo, tendremos un problema.

La innovación en un evento deportivo no consiste en acumular estímulos. Consiste en diseñar relaciones entre ellos. Decidir cuándo aparece cada cosa, cuánto dura, a quién sirve y cuándo debe desaparecer para dejar espacio a lo importante.

En el informe del Memorial lo resumimos de una forma que seguimos considerando válida: el deporte es el motor; la experiencia es el elemento diferencial.

El orden importa.

Primero construimos una competición que merezca la pena ver.

Después pensamos cómo conseguir que más gente quiera verla, entenderla, compartirla y volver.

Primero, el atletismo.