Un entrenador acumula años, sesiones, atletas, competiciones, aciertos y bastantes errores. Todo eso construye experiencia. Y la experiencia tiene un enorme valor.
También tiene un riesgo: pensar que ya sabemos.
Hace años escribí sobre egos, gurús y formación deportiva. El contexto ha cambiado, pero el problema sigue ahí. En entrenamiento aparecen continuamente métodos, ejercicios, tecnologías y personas dispuestas a explicar que han encontrado algo definitivo.
Conviene escuchar. Y conviene dudar.
Formarse no consiste en coleccionar cursos ni en cambiar de método cada temporada. Consiste en ampliar conocimientos para poder mirar mejor lo que hacemos. A veces una formación confirma una idea que ya utilizábamos. Otras obliga a modificarla. Y de vez en cuando nos hace reconocer que llevábamos años haciendo algo porque siempre se había hecho así.
Eso es incómodo. También es necesario.
El atletismo ofrece un campo enorme. Velocidad, fondo, saltos, lanzamientos, fuerza, biomecánica, fisiología, psicología, recuperación... Es imposible dominarlo todo. Incluso dentro de una especialidad hay profesionales que saben mucho más que nosotros sobre aspectos concretos.
Por eso la formación técnica del club intenta abrir ventanas.
Invitar a entrenadores y profesionales, escuchar experiencias diferentes, discutir propuestas y trasladar después lo que tenga sentido a nuestra realidad. No para copiar una sesión que hace un campeón, sino para entender por qué alguien toma determinadas decisiones.
La formación también sirve para aprender a descartar.
No todo lo nuevo es mejor. No todo lo complejo es avanzado. No todo lo que funciona con un atleta funciona con otro. Y una presentación espectacular no convierte una idea en correcta.
Probablemente una de las mejores cualidades de un entrenador sea mantener durante muchos años la capacidad de hacerse preguntas.
La experiencia nos permite responder algunas.
La formación nos recuerda que todavía quedan muchas.

