En 2012 estaba delante del ordenador preparando un artículo cuando mi hijo Marcos, que tenía nueve años, apareció por allí. Le propuse escribir algo para el blog.

“¿De qué?”

“De lo que te gusta del deporte.”

Escribió una lista.

Le gustaban los mates, los goles, los aces, montar en bici y jugar con sus amigos. Y, cuando llegó al atletismo, escribió algo bastante concreto: correr velocidad y vallas, saltar longitud y pértiga, lanzar vórtex y competir.

Después añadió lo que le gustaría: “aprender a hacer las cosas bien”, correr bien, saltar mucho, conocer gente y, como corresponde a un niño, participar algún día en unos Juegos Olímpicos.

Catorce años después, me interesa menos saber si aquella lista era representativa que la pregunta que provocó.

¿Les preguntamos suficientemente a los jóvenes qué les gusta del atletismo?

Los adultos hablamos mucho sobre deporte de formación. Diseñamos programas, metodologías, competiciones y objetivos. Discutimos cuándo especializar, cuánto entrenar y qué valores queremos transmitir.

Todo eso es necesario.

Pero quizá conviene escuchar de vez en cuando a quienes están dentro.

Probablemente encontraremos respuestas bastante sencillas. Aprender cosas nuevas. Mejorar. Estar con amigos. Competir. Probar pruebas. Sentirse capaz de hacer algo que antes no salía. Viajar con el grupo. Reírse durante un entrenamiento.

También aparecerán cosas que no les gustan.

Y deberíamos escucharlas con la misma atención.

Una Escuela no puede organizarse únicamente alrededor de lo que resulta divertido. Aprender exige repetir, esforzarse, aceptar normas y hacer algunas cosas que no apetecen. Pero tampoco deberíamos construir el atletismo de los jóvenes sin comprobar qué experiencia están viviendo.

Hay una diferencia entre preguntar “¿qué marca has hecho?” y preguntar “¿qué es lo que más te ha gustado hoy?”.

Las dos preguntas pueden ser interesantes.

Quizá hacemos demasiado la primera.