En 2014 escribí un artículo titulado “Gadgets para el entrenamiento ¿necesarios?”.

Hablaba de pulsómetros, GPS, aplicaciones, básculas y electroestimuladores. Incluso escribí que la inteligencia artificial acabaría acercándose al entrenamiento, aunque cuanto más específico fuese el deportista más necesaria sería la “materia gris”.

Han pasado unos cuantos años.

Ahora podemos grabar un lanzamiento a cámara lenta con el teléfono, medir tiempos con fotocélulas, conocer velocidades, controlar saltos, registrar sueño y frecuencia cardiaca, acumular kilómetros automáticamente y recibir propuestas de entrenamiento generadas por software.

Tenemos más datos que nunca.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿para qué?

Un dato es útil cuando ayuda a tomar una decisión.

El tiempo de un sprint puede decirnos si existe fatiga. Un vídeo puede mostrar una posición que a velocidad real cuesta ver. Una serie histórica de cargas puede ayudarnos a entender la continuidad del entrenamiento. Un sensor puede aportar información que antes era imposible obtener fuera de un laboratorio.

Pero medir algo no lo convierte automáticamente en importante.

También podemos acabar entrenando para producir buenos números en el dispositivo. O mirar veinte indicadores sin saber cuál debería modificar nuestra decisión. Incluso la precisión aparente puede engañarnos: un número con dos decimales sigue siendo inútil si no entendemos qué representa.

La inteligencia artificial añade otra capa.

Puede ordenar información, detectar patrones, ayudar a preparar sesiones o facilitar análisis. Tendrá cada vez más presencia. Pero el contexto continúa siendo decisivo. El mismo dato puede significar cosas distintas en dos atletas o en dos momentos de la temporada.

Por eso la tecnología debería liberar al entrenador para pensar mejor, no evitar que piense.

Antes de utilizar una herramienta conviene hacer tres preguntas: ¿qué mide?, ¿con qué fiabilidad? y, sobre todo, ¿qué voy a hacer diferente cuando vea el resultado?

Si la tercera no tiene respuesta, quizá solo estamos acumulando “coloricos”, como escribí entonces.

Los gadgets han cambiado muchísimo.

La pregunta, curiosamente, ha envejecido bastante bien.