Correr tiene una enorme ventaja: casi cualquiera sabe hacerlo. Sales de casa, empiezas y, en pocos minutos, estás entrenando. O eso parece.
Hace años escribí varios artículos sobre el auge del running. Algunas cosas han cambiado muchísimo desde entonces. Hay más información, mejores herramientas y mucha más cultura de entrenamiento. Otras no han cambiado tanto.
Seguimos confundiendo a veces correr con entrenar.
Entrenar significa organizar estímulos para conseguir una adaptación. Y eso obliga a hacerse preguntas. ¿Qué quiero mejorar? ¿Cuánto puedo entrenar? ¿Qué intensidad necesito? ¿Cómo encaja la fuerza? ¿Qué papel tiene la técnica? ¿Cuándo recupero? ¿Qué hago si una semana no puedo cumplir el plan?
Acumular kilómetros responde solo a una parte del problema.
Un corredor puede mejorar haciendo menos kilómetros y entrenando mejor. Puede necesitar fuerza, cambios de ritmo, cuestas, técnica o simplemente días realmente fáciles. Y dos personas que quieren correr la misma distancia no tienen por qué seguir el mismo camino.
También hemos aprendido a desconfiar de algunas recetas universales. No existe una única forma correcta de apoyar el pie para todo el mundo, ni una zapatilla que arregle por sí sola la técnica, ni un dato del reloj que explique todo lo que está ocurriendo.
Por eso organizamos en su momento el curso Entiende tu entrenamiento. El título resumía bastante bien la intención.
No queríamos entregar otra tabla para correr diez kilómetros. Queríamos explicar qué hay detrás de una tabla: cómo se organiza el entrenamiento, qué capacidades intervienen, por qué la fuerza importa, qué función tiene la recuperación y cómo interpretar lo que hacemos.
Saber más no convierte al corredor en su propio entrenador. Pero sí le permite hacer mejores preguntas, entender decisiones y distinguir entre una propuesta razonable y una ocurrencia.
Correr seguirá siendo sencillo. Y está bien que lo sea.
Entrenar empieza cuando nos preguntamos por qué hoy toca hacer esto y no otra cosa.

